El asco, a menudo considerado como una emoción biológica básica que protege contra los tóxicos y patógenos, se presenta en la perspectiva sociológica como un mecanismo clave para la construcción de límites sociales, el mantenimiento del orden y la legitimación de la desigualdad. La sociología estudia cómo la reacción fisiológica individual se transforma en un código cultural y una herramienta de control social que determina qué (y quién) se considera «puro» y «aceptable», y qué se considera «sucio», «inferior» y merecedor de exclusión.
La obra clásica que estableció las bases de la sociología del asco es la investigación de Mary Douglas "Puridad y peligro" (1966). Ella mostró que las representaciones de la basura y la suciedad no son universales, sino que están organizadas sistemáticamente de acuerdo con el orden social. Lo que se considera «sucio» o «repulsivo» es, según Douglas, «materia que ha quedado en el lugar incorrecto» (las secreciones nasales son normales, las secreciones en el pañuelo son desechos, las secreciones en el brazalete son repulsivas). La tabuización y los rituales de purificación sirven para mantener las fronteras simbólicas de la sociedad.
Emile Durkheim en sus obras sobre la religión señalaba el papel del sagrado y el profano en la cohesión de la comunidad a través del rechazo colectivo del profano. Los sociólogos modernos, como Norbert Elias en la teoría del proceso civilizatorio, han mostrado cómo con el desarrollo de la sociedad, el umbral del asco disminuye y el control sobre las funciones corporales (comida, excreciones, sexualidad) se interioriza y se convierte en un marcador de estatus social.
Establecimiento de límites simbólicos: El asco marca las fronteras entre «nosotros» y «ellos». Los tabúes alimenticios (no comer cerdo, insectos, perros) son un ejemplo claro. Lo que es comida para un grupo puede causar asco en otro, reforzando la identidad de grupo. Esta lógica se extiende también a los grupos sociales: los minorías estigmatizadas (sin hogar, personas con discapacidad, grupos étnicos) a menudo se describen metafóricamente como «sucios», «malolientes», «repulsivos», lo que justifica su segregación.
Mantenimiento de la jerarquía social: El asco es la base afectiva de las sistemas de castas y el racismo. En la obra clásica de Julia Kristeva "Las fuerzas del horror" (1980), se introduce el concepto de «objeto» — algo rechazado pero del que no se puede desprender completamente (el cadáver, las secreciones). El objeto amenaza la identidad, recordándonos nuestra naturaleza animal. Los «inferiores» sociales a menudo desempeñan el papel de objeto para los «superiores», realizando trabajos «sucios» (limpieza, cuidado de enfermos, manejo de residuos, entierros), lo que permite a la élite mantener la ilusión de su pureza y trascendencia.
asco moral y político: La emoción del asco biológico se traslada fácilmente metafóricamente al ámbito de la moral. Hablamos de «tecnologías políticas sucias», «actos repulsivos», «traidores miserables». Esto permite deshumanizar al oponente, presentándolo no como un competidor racional, sino como una fuente de peligro y suciedad con la que no es posible el diálogo, sino solo su erradicación. Las campañas políticas a menudo se construyen sobre la movilización del asco masivo hacia ciertos grupos o ideas.
Curiosidad: Los estudios en el campo de la neurociencia (por ejemplo, las obras de Pollack y otros) muestran que al juzgar moralmente con asociación al asco (por ejemplo, el incesto, la corrupción), se activan las mismas áreas del cerebro (la circunvolución insular) que al percibir estímulos físicamente repulsivos (comida podrida, excrementos). Esto prueba una profunda conexión neurobiológica entre el asco físico y el asco social.
Las investigaciones feministas revelan cómo el asco se utiliza para controlar el cuerpo femenino.
La menstruación ha estado históricamente rodeada de tabú y asco en la mayoría de las culturas, sirviendo para limitar la actividad social de las mujeres y marcarlas como «impuras».
La concepción del «asco vaginal» es la internalización de la sociedad de las representaciones de los genitales femeninos como algo postergable y repulsivo.
Por el contrario, el asco hacia la «falta de masculinidad suficiente» (por ejemplo, la homosexualidad en sociedades homófobas) sirve para mantener las normas de género rígidas.
El sociólogo estadounidense Everett Hughes introdujo el concepto de «trabajo sucio» — actividades físicas, morales o sociales estigmatizadoras. La sociedad moderna se basa en la externalización del asco.
División global: Los residuos de vida de los países ricos (materiales electrónicos, plástico) a menudo se exportan a países pobres, donde sus habitantes los reciclan, expuestos a riesgos para su salud. El asco se exporta junto con los residuos.
División étnica y casta del trabajo: En la India, el trabajo con los cadáveres de animales y la limpieza de desechos se realiza tradicionalmente por los dalits (intocables). En los países occidentales, el trabajo bajo pago, el cuidado, la limpieza y la recolección de residuos a menudo se realizan por migrantes. Su trabajo hace que el espacio de vida de los grupos más privilegiados sea «limpio».
Ejemplo: La investigación de la socióloga Elizabeth Eynswoth en Australia mostró que los trabajadores encargados del traslado de residuos activamente construyen orgullo profesional y hermandad como mecanismo de protección contra el asco social dirigido hacia ellos por la sociedad. Reinterpretan su trabajo como socialmente importante y «heroico».
La cultura mediática moderna vende y consume asco de manera paradójica.
El «contenido de shock» (desde programas de reality sobre situaciones de emergencia hasta películas de terror con abundancia de horrores físicos) permite al espectador experimentar emociones prohibidas de manera segura, sintiendo al mismo tiempo asco y fascinación.
La cultura del fud-porno y la cocina extrema (el consumo de insectos, productos podridos) también juega en la frontera del asco y el placer, poniendo a prueba los tabúes culturales.
La sociología del asco revela que detrás de lo que parece una reacción personal e irracional se esconde un sistema de coordenadas sociales. Al estudiar qué y quién considera la sociedad como repulsivo, podemos entender sus profundos miedos, conflictos ocultos y mecanismos de mantenimiento del poder.
El asco no es simplemente una emoción, sino una herramienta social que:
Cartografía del espacio social, dividiendo en zonas de pureza y suciedad.
Legitima la desigualdad, traduciendo la distancia social en imperatividad biológica («ellos son naturalmente repulsivos»).
Estabiliza la identidad, permitiendo a un grupo definirse a través del negación del Otro.
La comprensión de la sociología del asco es crucial para combatir la discriminación, la estigmatización y el exclusión social, ya que permite desconstuir la «naturalidad» de estas reacciones y ver en ellas códigos culturales construidos de poder y control. Estudiar cómo «distribuimos» el asco en la sociedad es estudiar la propia arquitectura de nuestro orden social.
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