El juego de las escondidas es uno de los juegos infantiles más antiguos y difundidos en el mundo, presente en culturas de todos los continentes. Su atractivo para los niños de aproximadamente entre 1,5 y 7-8 años se explica no solo por el entretenimiento, sino por un complejo conjunto de razones psicológicas, cognitivas y sociales. Este juego es una especie de entrenamiento para el cerebro y la inteligencia social, que aborda etapas clave del desarrollo infantil. Su universalidad habla de profundas raíces evolutivas.
Según la teoría del desarrollo de Jean Piaget, un logro cognitivo fundamental en la infancia es la formación de la permanencia del objeto — la comprensión de que un objeto o persona sigue existiendo aunque no se vea. Esto se desarrolla alrededor de los 1,5-2 años.
El juego de las escondidas es un experimento vivo para comprobar este principio. Cuando mamá o papá «se esconden» (cubriendo su rostro con las manos) y luego aparecen diciendo «¡Cucú!», el niño siente alegría al confirmar su nuevo modelo mental: «El adulto no desapareció, solo está temporalmente oculto».
Más adelante, en las escondidas clásicas, el niño entrena una forma más compleja de esta habilidad: mantener mentalmente la imagen del que busca/se esconde, predecir sus acciones («¿Dónde puede estar?»), planificar su escondite. Esto desarrolla la memoria de trabajo y el pensamiento espacial.
Ejemplo: Por eso los niños pequeños a menudo se «esconden» de manera muy ineficaz — solo cubren sus ojos o esconden la cabeza bajo la almohada, dejando el resto del cuerpo visible. Para ellos, «ser invisible» significa literalmente «no ver». Esto indica que la comprensión abstracta del escondite aún está en proceso de formación.
El juego de las escondidas es un modelo seguro y dosificado de separación y reencuentro. Durante el juego, el niño experimenta la «pérdida» temporal de un adulto significativo o amigos, y luego el alegre y predecible regreso.
Aspecto neurobiológico: El juego ocurre dentro de una «ventana de tolerancia» al estrés. La leve excitación por buscar o ser encontrado («¡Me encontró!») va acompañada de la liberación no de cortisol (hormona del estrés), sino de dopamina — neurotransmisor de recompensa e interés.
Esto ayuda al niño a aprender a manejar la separación temporal en la vida real (por ejemplo, cuando el padre se va a trabajar), generando confianza: «Quien desapareció, seguro volverá».
Dato interesante: Los etólogos (científicos que estudian el comportamiento animal) señalan que los juegos que incluyen elementos de persecución, huida y aparición inesperada son característicos de muchos mamíferos sociales (cachorros, crías de monos). Es un mecanismo evolutivo para entrenar habilidades importantes para la supervivencia: saber esconderse del peligro y encontrar a sus congéneres.
Alrededor de los 4 años, los niños comienzan a desarrollar la teoría de la mente — la comprensión de que otras personas tienen pensamientos, intenciones y conocimientos propios que pueden ser diferentes a los suyos. Las escondidas son un entrenamiento intenso de esta habilidad.
Cuando el niño se esconde, debe adoptar la perspectiva del que busca: «¿Dónde me buscará al final?», «¿Pensará en mirar debajo de la cama?». Esto requiere la capacidad de «meterse en la cabeza del otro».
Cuando busca, debe analizar las intenciones del que se esconde: «Le gusta esconderse en el armario, así que empezaré por ahí», «Es astuto, elegirá un lugar poco obvio».
El juego también enseña a respetar contratos sociales y reglas: contar honestamente, no hacer trampa, quedarse en el lugar hasta ser encontrado. Esto es la base para entender las normas sociales.
Las escondidas son un juego que requiere un alto nivel de autocontrol.
Para quien se esconde: debe quedarse quieto, contener la risa o la emoción, suprimir el impulso de delatarse o salir antes de tiempo.
Para quien busca: debe contar pacientemente el tiempo establecido, resistiendo el deseo de empezar a buscar de inmediato, y explorar el espacio metódicamente.
Esto es un entrenamiento directo de las funciones ejecutivas del cerebro (regulación volitiva, planificación, control de impulsos), que son críticas para el éxito futuro en la escuela y la adaptación social.
El juego combina varios tipos de actividad fisiológica que proporcionan placer:
Búsqueda activa (correr, agacharse, gatear).
Momento de sorpresa («¡Ajá!») — un estímulo que activa el sistema límbico.
Contacto táctil en algunas variantes del juego (tocar al que busca al ser encontrado o atrapar al encontrado).
Esta combinación crea un potente estallido emocional positivo, que en sí mismo es una recompensa y refuerza el deseo de jugar nuevamente.
La universalidad de las escondidas ha generado hipótesis en psicología evolutiva. Algunos científicos (como Harry Harlow) ven en este juego ecos de patrones conductuales arcaicos relacionados con la seguridad en ambientes antiguos. La habilidad de esconderse silenciosamente de un depredador y de encontrar a congéneres ocultos pudo tener un valor adaptativo directo. En forma lúdica y segura, los niños practican estos escenarios.
Ejemplo de diversidad cultural: En Japón existe el juego tradicional 「かくれんぼ」 (Kakurenbo), totalmente análogo a las escondidas, lo que confirma la naturaleza transcultural del fenómeno. En diferentes países hay sus propias rimas, reglas del «hogar» (lugar seguro) y condiciones de victoria, pero el núcleo del juego permanece inalterado.
El interés por las escondidas clásicas suele disminuir al comenzar la edad escolar. Esto coincide con que las principales tareas cognitivas y sociales para las que el juego servía (permanencia del objeto, bases de la teoría de la mente, ansiedad por separación) están mayormente resueltas. El niño pasa a juegos más complejos con reglas, estrategias y roles abstractos (deportes, juegos de mesa, juegos de rol con inmersión profunda).
El amor de los niños por jugar a las escondidas no es casualidad, sino la manifestación de un profundo programa de desarrollo, establecido por la naturaleza y la cultura. Este juego es una herramienta única de autoaprendizaje que, de forma entretenida y segura, permite al niño:
Afianzar la estabilidad del mundo (el objeto existe aunque no se vea).
Aprender a manejar la ansiedad por la separación.
Desarrollar la inteligencia social y la comprensión de otras personas.
Entrenar la regulación volitiva y el control de impulsos.
Las escondidas no son solo un pasatiempo, sino un serio «trabajo» de la infancia, a través del cual el niño asimila las leyes fundamentales del mundo físico y social. Por eso, la próxima invitación a jugar a las escondidas no es solo una solicitud de diversión, sino una invitación a ser testigo y partícipe de uno de los experimentos cognitivos y sociales más importantes que realiza una persona en crecimiento.
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