Cuando pensamos en los workaholics, a menudo se nos vienen a la mente imágenes de empleados japoneses agotados en sus escritorios o gerentes estadounidenses que no apagan sus teléfonos incluso durante el fin de semana. Pero ¿existen realmente países donde el workaholismo es una característica nacional y donde es una excepción rara? ¿Dónde viven aquellos que están dispuestos a trabajar 24/7, olvidando el sueño, la familia y el descanso? ¿O el workaholismo no conoce fronteras geográficas, sino que depende de la cultura, la economía y las cualidades personales? Vamos a embarcarnos en un viaje imaginario por los confines del mundo y ver cómo en diferentes partes del planeta se percibe el trabajo, las horas extras y esa obsesión por el trabajo que llamamos workaholismo.
Comencemos por el Este, porque es aquí donde el estereotipo del workaholic es más persistente. Japón, Corea del Sur, China: países donde el trabajo a menudo se percibe no como un medio de ganancia, sino como un deber moral. En Japón existe incluso el término «karoshi» — muerte por sobrecarga laboral. Y no es una metáfora. Las tradiciones corporativas japonesas requieren de los empleados un trabajo largo y una dedicación total. Las fiestas con colegas después del trabajo, la disponibilidad constante para las horas extras son parte de una cultura donde el workaholismo se considera la norma y hasta una virtud.
En China, el fenómeno del “996” (trabajo de 9 a 21 horas seis días a la semana) se ha convertido en un símbolo de la nueva realidad económica. Millones de empleados de empresas de TI y fábricas viven bajo este ritmo, y aunque el estado intenta limitarlo, el código cultural sigue. Aquí el workaholismo es el camino al éxito, al respeto, al estatus. El rechazo al trabajo se considera una debilidad.
Sin embargo, es importante entender que el workaholismo oriental a menudo está relacionado no con el amor por el trabajo, sino con la presión de la sociedad y el miedo a perder la cara. Esto no es tanto un llamado, sino un deber. Y es aquí donde se diferencia de la modelo occidental.
En Occidente, en Estados Unidos, Canadá, Europa, la actitud hacia el trabajo es diferente. Aquí el workaholismo a menudo se percibe como una elección individual, no como una norma social. En Estados Unidos, la cultura del “trabajo como vocación” es especialmente fuerte. La historia de éxito construida sobre el trabajo arduo es parte del sueño americano. Por eso, en Estados Unidos, el workaholic es un héroe que sacrifica todo por su objetivo.
Sin embargo, en Europa, la actitud hacia el trabajo es más equilibrada. En Alemania, Suecia, Dinamarca, el trabajo es una parte importante de la vida, pero no toda la vida. Aquí se valora la eficiencia, no la cantidad de horas. La reducción de la semana laboral, las largas vacaciones, “trabajo por la vida, no vida por el trabajo” es la filosofía europea. Aquí hay menos workaholics y a menudo se los considera una excepción, no una regla.
En el Reino Unido y Australia también hay su propia visión: el trabajo es importante, pero se valora más el equilibrio con la vida personal. Así que en Occidente, el workaholismo existe, pero es más individual que colectivo.
En el Norte, en Escandinavia, Canadá, Alaska, el clima dicta sus reglas. Aquí el invierno es largo, el día corto, y el trabajo se convierte no solo en una forma de ganancia, sino también en una forma de mantener la salud mental. En los países del norte de Europa, la cultura del trabajo se construye en torno a la eficiencia, pero al mismo tiempo hay un fuerte apoyo social. El workaholismo aquí es raro, porque el estado y la sociedad fomentan el equilibrio.
Pero hay una parte contraria. En regiones con un clima severo, como Siberia o el Círculo Polar Ártico, el trabajo puede ser duro, de turnos, con largos períodos de aislamiento. Allí el workaholismo es una forma de sobrevivir, ganar dinero y mantener a la familia. Pero es un trabajo workaholista forzado, no voluntario.
En el Sur, en Italia, España, Grecia, en los países de América Latina, la actitud hacia el trabajo es completamente diferente. Aquí hay la siesta, comidas largas, tradiciones familiares. El trabajo es importante, pero no debe interferir con la vida. Los workaholics en el Sur son menos comunes y a menudo se los considera con sorpresa. “¿Por qué trabajar tanto si se puede vivir?” es una pregunta que se escucha a menudo en el sur de Europa y en América Latina.
Sin embargo, esto no significa que no haya workaholics allí. Simplemente, su obsesión se considera una desviación de la norma. Por ejemplo, en Brasil o Argentina se pueden encontrar empresarios que trabajan las 24 horas, pero son una excepción.
Hoy en día, el mundo se ha vuelto mucho más móvil. Las personas se mudan, trabajan de manera remota, adoptan hábitos de los demás. Un japonés puede trabajar en una empresa estadounidense y adoptar el equilibrio europeo, y un estadounidense viviendo en el Sureste de Asia puede sumergirse en el ritmo de las horas extras locales. El workaholismo ya no es geográficamente limitado. Se convierte en una cuestión de elección personal, de cultura corporativa y de qué valores adoptamos.
Si responder directamente a la pregunta: los workaholics viven en todas partes. Están en Tokio, en Nueva York, en Berlín, en México. Pero su cantidad, su percepción y sus motivaciones difieren mucho. En el Este, el workaholismo es la norma y el deber. En el Oeste, es una elección individual, a menudo relacionada con la carrera. En el Norte, es una rareza, y en el Sur, casi una anomalía.
Pero lo más importante es que la cultura está cambiando gradualmente. La generación joven en todo el mundo cada vez más elige el equilibrio, no la sacrificio. Y tal vez en unos cuantos decenios, el workaholismo se convertirá en un fenómeno histórico, no geográfico.
¿Dónde viven los workaholics? Viven en culturas donde el trabajo se valora más que el descanso, donde el éxito se mide en horas, no en calidad de vida. Pero también viven en las mentes de las personas que han elegido el trabajo como forma de ser. Y aunque la geografía afecta la intensidad y la forma del workaholismo, su esencia sigue siendo la misma: es una fuga de uno mismo, la búsqueda de sentido o la pasión por el trabajo. Y es aquí donde, más que la carta, el brújula interna decide.
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