22 de junio de 1986. México. Cuarto de final del Mundial entre Argentina y Inglaterra. Diego Maradona salta dentro del área, levanta la mano izquierda y con un puñetazo envía la pelota a la red. El árbitro no nota la falta. Un instante después, Maradona llamará a este episodio «la mano de Dios». Pasan décadas y el mismo gesto, la mano levantada al cielo, se convierte en símbolo no solo de audacia futbolística, sino también de toda una nación donde el fútbol se ha fusionado con la religión. Y en el trono papal en el Vaticano se sentaba Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, que en su juventud jugaba al fútbol en las calles de Buenos Aires y se identificaba con San Lorenzo con la misma pasión que con su grey. ¿Entonces, ¿es un designio divino, un curioso caso de coincidencia o simplemente una manera argentina de ver el mundo a través del milagro futbolístico?
Empecemos con el hecho. Maradona nunca ha ocultado: marcó con la mano conscientemente, pero luego inventó la leyenda que eternizó el momento. «Fue la mano de Dios, no mi propia mano», dijo después del partido. Los argentinos, una nación profundamente católica, acogieron esta frase con entusiasmo. En su comprensión, Dios realmente podría intervenir para castigar a los ingleses por la Guerra de las Malvinas, que ocurrió cuatro años antes. La sacralización de la travesura futbolística es un fenómeno puramente argentino. En ninguna otra país un gol con la mano se habría convertido en un mito nacional de ese nivel.
Pero si nos detenemos a pensar, «la mano de Dios» se convirtió no solo en un episodio futbolístico, sino en un gesto religioso. Maradona levantó el puño como un sacerdote que levanta las ofrendas. Los ingleses aún lo llaman fraude, los argentinos, profecía. Y años después, en el trono papal se encuentra una persona que creció con este mito y que lleva el nombre de Francisco, en honor al santo conocido por su sencillez y amor por los pobres. ¿Será solo una coincidencia que la tierra de «la mano de Dios» haya dado al mundo a un papa que no ha dejado de decir que el fútbol es «la segunda cosa más importante en la vida»?
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al fútbol a nivel aficionado. Su posición era mediocampista, no el más rápido, pero ágil y inteligente. Se identificaba con el club San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol argentino. Se dice que en su juventud Bergoglio incluso defendió los arcos en los partidos de seminaristas, pero luego se trasladó al mediocampo debido a una lesión de rodilla.
A diferencia de muchos jerarcas de la iglesia, Francisco ha mantenido la pasión por el juego hasta la vejez. Ha recibido delegaciones de fútbol en el Vaticano, se ha reunido con Messi, Maradona y otras estrellas, siempre subrayando que el fútbol es una escuela de solidaridad, hermandad y humildad. Su famosa frase «el fútbol es poesía» se ha convertido en lema para muchas organizaciones deportivas católicas. Pero lo más sorprendente es que Francisco nunca ha dudado en hablar de «la mano de Dios» como metáfora; considera que en el fútbol, como en la vida, hay lugar para el milagro, pero no en la violación literal de las reglas, sino en la alegría inesperada que da al juego.
Una vez, en una audiencia, le preguntaron si consideraba el gol de Maradona como una intervención divina. El Papa se rió y respondió: «Creo que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, pero a veces cierra los ojos a las travesuras pequeñas si traen alegría a millones». Fue una evasiva diplomática, pero el hecho de que el papa de origen argentino no haya condenado ese episodio dice mucho. En Argentina, el fútbol y la fe están tan entrelazados que incluso el Papa no se atrevería a dividirlos con una crítica aguda.
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires en 1936. En su juventud no solo estudió en el seminario, sino que jugó al
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