Roald Dahl no escribió manifiestos. No pronunció largas discursos sobre el sentido de la vida. Pero cada uno de sus libros, cada carta, cada acto estaban impregnados del mismo espíritu: el espíritu de libertad, honestidad y amor incondicional a los niños. No daba consejos en la cara, pero su vida fue un consejo continuo. Para los niños: cómo no dejarse romper por los adultos. Para los adultos: cómo no olvidar que alguna vez fuiste un niño. Su credo no está grabado en piedra, pero se puede leer entre líneas en \"Matilda\", \"Charlie\", \"James y el gigante bonachón\". Y es relevante hoy más que nunca.
Dahl detestaba los sistemas que convierten a los niños en robots sumisos. él mismo pasó por las escuelas internados británicas, donde los mayores se burlaban de los menores y los maestros castigaban con palos. Sabía lo que era el miedo y la humillación. Y el principal consejo que dejó a los niños: \"No tengas miedo de ser diferente\". En sus libros siempre ganan los que no encajan en las normas: la niña que lee libros inteligentes, el niño que sueña, el gigante que no quiere comer personas. Dahl enseñó que lo extraño no es un defecto, sino un signo de un cerebro vivo.
Para los adultos, su lección es aún más dura: \"No lastimes a tus hijos\". En sus historias, mostró que los padres y maestros brutales son monstruos que roban el futuro de los niños. Y no les dejó excusas. Incluso cuando los padres en sus libros eran simplemente indiferentes, siempre terminaban del lado del mal. Dahl creía que los adultos deben escuchar a los niños, no darles órdenes. Esto no es solo un buen consejo, es la base de su filosofía.
Él mismo vivió según esta regla. Leía sus historias a sus hijos y las reescribía si se aburrían. No dividía la literatura en \"infantil\" y \"adulta\" — escribía para aquellos que saben sorprenderse. Y según él, los niños y los adultos pueden sorprenderse si no han dejado de hacerlo.
Dahl creía que la imaginación no es solo una manera de entretenerse, sino la principal arma del hombre. Cuando fue derribado como piloto sobre el desierto, sobrevivió imaginando cómo volvería a casa. Cuando su hijo estaba gravemente enfermo, inventaba mundos para él donde escapar del dolor. Para Dahl, la fantasía no era una huida, sino una manera de lidiar con la realidad. Y les aconsejaba a los niños: \"Si el mundo parece espantoso, inventa el tuyo\". Y a los adultos: \"No bajes en broma las fantasías de los niños, son su protección\".
En sus libros, los niños siempre resultan más inteligentes y valientes que los adultos, porque no han dejado de creer en lo imposible. Ven brujas, gigantes, magos donde los adultos solo ven aburrimiento. Y no es solo un recurso literario. Dahl realmente creía que la imaginación es un músculo que hay que entrenar. Si dejamos de soñar, dejamos de vivir de verdad.
Hoy, cuando los niños miran más a las pantallas y los adultos leen menos a los niños, este consejo suena como un conjuro. Dahl nos recuerda: no debemos dejar a los niños solos con sus miedos. Debemos darles palabras para describir el mundo y imágenes para adornarlo. Porque sin imaginación, el hombre se convierte en una función, no en una personalidad.
Dahl no era un santo. Podía ser agudo, agrio, incluso grosero. Pero nunca cruzó la línea donde termina la honestidad y comienza el traición. Podía decir la verdad dura de frente, pero no chismeaba. En este sentido, su credo es \"Sé honesto incluso cuando duele\". Sobre todo, contigo mismo. Muchas veces reescribió sus libros porque sabía: lo mejor es el enemigo del bueno, pero el bueno es el enemigo del excelente. Exigía perfección de sí mismo, pero no la exigía de los demás. Y es una calidad muy rara.
Le aconsejaba a los niños: \"No tengas miedo de equivocarte. Los errores no son fracasos, son material para la próxima intentona\". Él mismo fracasó en los exámenes, sus primeras historias fueron rechazadas, lo derribaron en el aire. Pero nunca se rindió. Porque sabía: si vives con el miedo al error, nunca harás nada digno de mencionar. Y esto es una de sus lecciones más importantes, tanto para los pequeños como para los grandes.
Además, enseñó que el humor es la mejor medicina contra la brutalidad. Incluso en sus historias más oscuras, dejaba espacio para la sonrisa. Porque la risa es un arma de los débiles que hace fuertes. En su credo no hay pompa, pero sí audacia, que ayuda a sobrevivir.
Dahl podría haber sido banquero, abogado o diplomático. Incluso trabajó en una empresa petrolera. Pero eligió escribir. Y esto fue la elección principal de su vida. Su consejo a los niños: \"Encuentra lo que te gusta hacer y hazlo como si dependiera de tu vida entera\". Porque si trabajas con alegría, nunca te aburrirás de verdad.
No escribió por la gloria o el dinero. Escribía porque no podía dejar de hacerlo. Esto era su respiración, su manera de ser él mismo. Y quería que cada persona, ya sea adulto o niño, encontrara su \"escribir\". Su trabajo, que no le dejará secarse. Su aventura, que no le dejará envejecer el alma.
En su credo no hay lugar para el aburrimiento. Dijo: \"Si te aburres, es porque eres una persona aburrida\". Es duro, pero honesto. No creía que el mundo debía entretenernos. Creía que debíamos crear nuestro propio mundo. Y esto enseñó a todos los que leyeron sus libros.
Dahl era alto, torpe, con un gran nariz y una voz extraña. No encajaba en los estándares de belleza y éxito. Pero no intentó ser alguien más. Vestía corbatas brillantes, contaba historias horribles en las fiestas y escribía sobre lo que otros temían escribir. Su consejo: \"Sé tú mismo, incluso si no le gusta a los demás. Porque ser tú mismo es lo único que tienes\".
No tenía miedo de ser incómodo. Era un enemigo de las escuelas que ahogan la creatividad. Era un enemigo de la falsa corrección política. Era un enemigo de todo lo que hace la vida gris y predecible. Y hoy, en la era de las reglas y limitaciones interminables, su voz suena como un sorbo de libertad.
Para Dahl, ser tú mismo no es un capricho, es un deber. Porque si no eres tú mismo, no darás nada nuevo al mundo. Solo repetirás lo que ya existe. Y el mundo está lleno de repeticiones. Necesita a aquellos que no tienen miedo de ser diferentes.
Roald Dahl murió en 1990, pero su voz no se hizo más silenciosa. Suena en cada línea, en cada historia, en cada recuerdo de cómo leía sus libros a los niños en un gran sillón. Su credo no es una serie de reglas, es una invitación. Una invitación a vivir con los ojos abiertos, reírse de los miedos, creer en los milagros y no dejar de sorprenderse. No nos dio respuestas, sino cómo buscarlas. Y su consejo principal suena así: \"No esperes que alguien haga tu vida interesante. Hazla interesante tú mismo\".
Y hoy, cuando nos enfrentamos a la elección de ser serios o vivos, de ser correctos o verdaderos, vale la pena recordar sus palabras. Dahl no era perfecto. Era vivo. Y nos dejó no libros, sino un mundo en el que podemos ser nosotros mismos. Y eso, tal vez, es el mejor legado que se puede dejar.
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