El fenómeno conocido en el mundo del alpinismo como "locura de montaña", "kaijofu" o, en la tradición japonesa, "ikaru", representa un complejo síndrome psico-fisiológico que se desarrolla a grandes alturas (generalmente por encima de los 2500-3000 metros). Este estado se caracteriza por una euforia inadecuada, pérdida de crítica, sensación de omnipotencia y negación del peligro, lo que con frecuencia lleva a decisiones fatales. Contrariamente a las representaciones románticas, no es un ascenso espiritual, sino un cambio patológico en la función cerebral bajo hipoxia, que representa una amenaza grave para la vida.
La causa principal es la hipoxia hipobárica (disminución de la presión parcial del oxígeno). El cerebro, que consume el 20% de todo el oxígeno, es extremadamente sensible a su falta. Se desarrolla una cascada de reacciones patológicas:
Disfunción de la corteza prefrontal (PFC): Esta área es responsable de las funciones ejecutivas: planificación, evaluación de riesgos, toma de decisiones, control de impulsos. Bajo hipoxia, su actividad se inhibe una de las primeras. La persona pierde la capacidad de evaluar adecuadamente la situación, desatiende las reglas de seguridad elementales, actúa impulsivamente. Esto es similar al estado de embriaguez o intoxicación por drogas.
Activación compensatoria del sistema límbico y liberación de neurotransmisores: En respuesta al estrés y la hipoxia, se libera dopamina, endorfinas y serotonina. Esto puede causar una sensación subjetiva de euforia, bienestar, sensación falsa de fuerza y ligereza. Al mismo tiempo, se interrumpe la función del hipocampo (responsable de la memoria y la orientación) y la amígdala (procesamiento del miedo), lo que lleva a la desorientación, la pérdida de memoria y la desaparición del sentimiento de miedo —un mecanismo protector clave en las montañas.
Disrupción del flujo sanguíneo cerebral y edema: En condiciones de hipoxia, para compensar, aumenta el flujo sanguíneo cerebral, pero en un ascenso no adaptativo esto puede llevar a un aumento de la presión intracraneal, el desarrollo de edema cerebral de altura (HACE). Sus síntomas tempranos pueden ser cambios en el comportamiento, apatía o euforia, trastornos de la coordinación ("caminata borracha"). Sin descenso inmediato, este estado progresa rápidamente hasta el coma y la muerte.
Los síntomas existen en un continuo y pueden desarrollarse gradualmente:
Forma leve (a menudo en altitudes de 3000-4000 m): Alegría inadecuada, chisme, sensación de "puedo todo", desprecio por el cansancio, sensación subjetiva de increíble ligereza y velocidad.
Forma moderada: Desorientación en el tiempo y el espacio, ilusiones auditivas o visuales (por ejemplo, al alpinista le parece que camina solo o escucha música), ideas paranoicas (que el compañero tiene algo en mente), acciones ilógicas y obsesivas.
Forma grave (síntoma de un HACE en desarrollo): Pérdida total de contacto con la realidad, alucinaciones, agitación psicomotora o estupor, agresión, completo rechazo de ayuda y descenso. En esta etapa, la persona ya no puede salvarse a sí misma.
El fenómeno no es universal. Factores que lo predisponen incluyen:
Velocidad de ascenso: El ascenso rápido sin aclimatación es el principal factor.
Percepción individual: Depende de características genéticas, estado de los vasos sanguíneos cerebrales, experiencia previa en ascensos a gran altura.
Fatiga física, deshidratación, hipotermia.
Ascenso en solitario: Falta de un compañero que pueda notar cambios en el comportamiento.
Tragedia en el Everest de 1996: En el análisis de la catástrofe que costó la vida a 8 personas, los expertos señalaron que algunas decisiones de los líderes de los grupos (por ejemplo, continuar el ascenso después del "tiempo de giro acordado") podrían haber sido el resultado de una disfunción de la toma de decisiones crítica debido a la hipoxia.
Caso de Maurice Herzog (Annapurna, 1950): En su libro "Annapurna", el alpinista francés describía estados de euforia y desapego increíbles durante el descenso con manos congeladas, cuando, en realidad, estaba al borde de la muerte. Esto es una descripción clásica literaria del estado alterado de conciencia en el límite de las posibilidades.
El fenómeno "ikaru" en Japón: Entre los alpinistas japoneses, este estado es bien conocido y se describe como un impulso repentino de fuerza y euforia, después del cual a menudo siguen acciones imprudentes y caídas.
Caso de un alpinista británico en el K2: Se conoce un incidente en el que un alpinista en estado de psicosis de altura comenzó a dar su equipo a personas imaginarias y se negó a ponerse la máscara de oxígeno, asegurando que respiraba "aire puro de montaña del espacio cósmico".
Es importante distinguir los primeros signos de la "locura de montaña" de la simple fatiga o alegría del ascenso.
Prueba de ataxia: El método más simple es pedirle a la persona que camine por una línea recta, pie a nariz. Una pérdida de coordinación es un signo alarmante.
Prevención: Aclimatación informada: Ascenso gradual con "noches de espera", regla "subimos de altura — dormimos más bajo".
Hidratación y alimentación.
Sistema "amigo": Control mutuo continuo del estado en la pareja o grupo. Cualquier cambio repentino en el comportamiento del compañero (alegría inadecuada, silencio, irritabilidad) debe considerarse como un posible síntoma.
Prevención médica: Uso de acetazolamida (Diakarb) para acelerar la aclimatación, dexametasona para el tratamiento urgente del edema cerebral inicial (sólo para el descenso, no para continuar el ascenso)!
Desde el punto de vista evolutivo, este fenómeno es desadaptativo. Sin embargo, algunos antropólogos y psicólogos plantean hipótesis de que las formas leves de euforia podrían haber jugado un papel en la ocupación de las alturas por los humanos antiguos, reduciendo la sensación subjetiva de la dificultad del ascenso. En la cultura, a menudo se romantiza, interpretándose como "llamado de las montañas", "unión con la naturaleza" o "experiencia mística". Esta interpretación es peligrosa, ya que incentiva ignorar los riesgos mortales objetivos.
La "locura de montaña" no es una metáfora ni un imagen poética, sino un síndrome neurológico específico de lesión cerebral hipóxica. Su fase eufórica es especialmente engañosa, ya que oculta la amenaza mortal bajo el sentimiento de felicidad y omnipotencia.
Entender su naturaleza es una obligación de todos los que se aventuran a las alturas. Este conocimiento, que salva vidas, requiere un estricto autocontrol, disciplina en la aclimatación y confianza absoluta en las señales de alarma de los compañeros. El enemigo más peligroso en las montañas no es el frío o el viento, sino el propio estado alterado de conciencia, que pierde el contacto con la realidad. Por lo tanto, la verdadera fuerza del alpinista se manifiesta no en la sumisión ciega al impulso eufórico "subir a cualquier precio", sino en la capacidad de reconocer a tiempo los síntomas de una catástrofe inminente en uno mismo y tomar la única decisión correcta: retirarse para vivir y subir otra vez. La experiencia montañosa es antes que nada una experiencia de máxima claridad mental, no de pérdida de la misma.
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