Veintiuno de julio. En el calendario ortodoxo, día de recuerdo de dos santos cuyos nombres rara vez se mencionan juntos, pero cuyas vidas se entrelazan de manera sorprendente. El venerable Simeón, el loco por Cristo, y el venerable Juan, el asceta, vivieron en épocas diferentes, pero unidos por un mismo objetivo: la salvación del alma a través de la superación de uno mismo. Uno, un loco audaz que shockeó a sus seres cercanos, el otro, un monje pacífico que buscaba el silencio. ¿Qué podemos aprender de estos santos hoy, en un mundo donde todo se mide por la utilidad y la eficacia? Su vida es un desafío, y este desafío resuena hasta hoy.
Simeón vivió en el siglo VI en la ciudad siria de Edesa. Era uno de los llamados \"locos por Cristo\". No eran locos en el sentido médico. Voluntariamente se negaban a las normas y las convenciones para romper la vanidad humana y mostrar que lo que el mundo llama locura es en realidad el único camino hacia Dios. Simeón caminaba descalzo por las calles, vestía de manera extraña, hablaba en enigmas, soportaba burlas y golpes. Pero tras este locura externa se escondía una santidad profunda.
El eligió este camino porque entendió que el monaquismo ordinario, por estricto que sea, a menudo se convierte en una costumbre. La locura, en cambio, no permite relajarse ni un momento. Impulsa estar constantemente en un estado de humildad, porque siempre estás sometido al desprecio. Es la más alta forma de libertad de la opinión de los demás. Simeón aprendió a verse a sí mismo con los ojos de Dios, no con los de la multitud. Y es esta capacidad lo que lo hace tan cercano a nuestro tiempo, cuando todos estamos obsesionados con nuestra imagen y nuestro estatus.
Juan vivió más tarde, en el siglo VIII, pero también en el Oriente. Su vida es la polaridad opuesta de Simeón. Buscaba el aislamiento, el silencio, ocultarse del mundo en el desierto. Pasó años en ermita, alimentándose solo de pan y agua, dedicando días y noches a la oración. No hacía acciones extrañas, no atraía la atención. Pero su vida interior era tan intensa que incluso a través de las paredes cerradas se convirtió en una fuente de sabiduría para muchos que buscaban su consejo.
Juan enseñaba que la verdadera batalla ocurre no con enemigos externos, sino con uno mismo. La ira, la vanidad, la melancolía, esos son los verdaderos demonios contra los que hay que luchar. Su camino es un camino de purificación, donde cada palabra se weighed, cada mirada se controla. En un mundo rodeado de ruido constante, Juan nos recuerda que a veces lo más importante es callar. Escuchar el silencio. Y en este silencio encontrar a Dios.
Simeón y Juan parecen opuestos: uno, un loco público, el otro, un asceta oculto. Pero en realidad son los dos extremos de un mismo palo. Ambos renunciaron a los estándares mundanos, ambos buscaron a Dios no a través de un servicio externo, sino a través de una transformación interna. Ambos sabían que el verdadero enemigo del hombre es él mismo, sus vicios, su ego, su miedo a ser rechazado. Simeón destruyó este miedo a través del humillamiento, Juan a través del aislamiento. Pero ambos lograron lo mismo: se volvieron libres.
Su memoria es un recordatorio de que hay muchos caminos hacia Dios. Y que cada uno debe elegir su propio, el que se ajuste a su estructura interna. No se puede copiar el martirio de otro, solo encontrar el propio. Simeón y Juan son ejemplos, no patrones. Nos dicen: no temas ser incómodo, no temas ser callado, lo principal es ser leal a lo que hay dentro de ti.
En la era del ruido digital, cuando cada uno de nosotros recibe miles de mensajes diariamente, cuando nuestra vida se convierte en un espectáculo público, Simeón y Juan nos recuerdan lo principal. Primero, la necesidad de la honestidad interna. Es más fácil ser santo en los ojos de los demás que ser uno mismo. Simeón destruyó este estereotipo, eligiendo la locura frente a la justicia hipócrita. Mostró que lo externo no importa si dentro hay mentira.
En segundo lugar, la valía del silencio. Juan nos enseña que no es necesario ser ruidoso para ser escuchado. El silencio es un espacio donde podemos encontrarnos a nosotros mismos y con Dios. Sin silencio, nuestra vida se convierte en una carrera en círculo. Por eso, el día de recuerdo de estos santos es un llamado a减速, hacer una pausa y preguntarnos: \"¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Por qué?\"
En tercer lugar, nos enseñan no tener miedo de lo no estándar. Simeón fue un loco, Juan un ermitaño. Ambos eran \"de otro mundo\". Pero es esta diferencia lo que los convirtió en santos. A menudo tenemos miedo de destacar, de que no nos entiendan. Su vida es una prueba de que a veces ser diferente de todos es la única manera de ser verdadero.
Los venerables Simeón y Juan no son simplemente nombres en el calendario eclesiástico. Son testimonios vivos de que el hombre puede ser libre incluso en la situación más inflexible. Que la santidad no se mide por los martirios externos, sino por el estado interno. Su día de recuerdo no es una ocasión de luto, sino una oportunidad para recordar lo principal. Que cada uno de nosotros está llamado a algo más grande que la supervivencia. Que podemos elegir nuestro propio camino, incluso si parece loco o demasiado callado. Y que al final de este camino no hay vacío, sino plenitud que no se puede comprar ni ganar, sino solo obtener a través de la fe y el amor.
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