América es un continente donde el circo dejó de ser una simple diversión europea y se convirtió en algo más. Aquí el payaso encontró una nueva voz, un nuevo cuerpo y una nueva alma. En América del Norte se convirtió en símbolo de la cultura masiva, del entretenimiento familiar y, al mismo tiempo, del pesadilla nocturna. En América del Sur se mantuvo más cerca de sus raíces: del teatro callejero, del carnaval, del dolor y la alegría del pueblo. Y en este contexto surge la figura de Charlie Chaplin, una persona que nunca trabajó en el circo, pero que se puede considerar el mayor clown del siglo XX. Para entender por qué, hay que mirar la historia de la clownada americana.
En América del Norte, el circo adquirió una magnitud verdaderamente industrial. A fines del siglo XIX se convirtió en uno de los principales entretenimientos para millones de estadounidenses. Grandes carpas, trenes que transportaban animales y artistas, y, por supuesto, los clowns, pero ahora ya no eran simplemente bufones de feria. En Estados Unidos se formó un tipo especial de clown: torpe, ruidoso, hipertrópicomente alegre. Este era un clown que no tanto divertía como entretenía, creando una sensación de fiesta y despreocupación.
Un lugar especial en esta tradición lo ocupa el clown-«agosto», un fracasado en enormes zapatos y pantalones holgados, que siempre se mete en problemas. Es él quien se convirtió en el héroe principal del circo americano, desplazando al más aristocrático clown blanco. En Estados Unidos, el clown blanco a menudo era solo el conductor, mientras que agosto era la estrella. Su torpeza y optimismo en cualquier situación reflejaban el espíritu americano: la fe en que, incluso si caes, siempre puedes levantarte y seguir sonriendo. Emmett Kelly, el famoso «Payaso Triste», se convirtió en símbolo de esta era. Su personaje, Vivi-tela, era un desamparado, pero conservaba su dignidad. No hablaba, simplemente existía, y en este silencio los espectadores encontraban más sentido que en cualquier chiste.
En América del Sur, el circo y la clownada tomaron otro camino. Aquí nunca fue simplemente un entretenimiento para los niños. Fue un arte en el que se mezclaban tradiciones europeas, ritmos africanos e historias indígenas. El clown en América Latina es a menudo un sátira social, que sale al ring no para divertir, sino para decir la verdad sobre la pobreza, la desigualdad, la inestabilidad política.
En países donde el teatro callejero siempre fue fuerte, el clown se mantuvo como una figura popular. En México, Argentina, Brasil, los clowns a menudo actuaban en plazas, en barrios obreros, en carnavales. Su humor era crudo, directo, a veces cruel, pero siempre honesto. En Brasil, por ejemplo, el clown de la compañía «Circo do Povo» podía satirizar a un político local y ser comprensible para cualquier espectador, independientemente de su edad y educación. El clown aquí es no solo un artista, es la voz del pueblo, su conciencia. En Argentina y Uruguay se desarrolló una fuerte escuela de clown callejero que sigue influyendo en el arte circense moderno en Europa.
Worth mentioning is the mexicana tradición de «payaso». Los payasos mexicanos son un género especial: hablan rápido, mucho y siempre sobre la vida. Sus chistes son observaciones, sus personajes son tipos reconocibles. En México, el clown no es solo un artista, es parte de la cultura pop, de la televisión e incluso de la sátira política.
Regresemos a Chaplin. Nunca actuó en el circo, nunca usó un bigote rojo, ni un peluca ni dio volteretas. Pero su personaje, el Vagabundo, es un clásico clown-«agosto». Es torpe, pobre, siempre se mete en problemas, pero nunca pierde el optimismo. No habla, pero sus gestos y su mimica dicen más que palabras. Provoca risa, pero detrás de esa risa siempre hay tristeza. Esto es lo esencial de la gran clownada: ser divertido, siendo humano.
Chaplin mismo admitía que su principal influencia eran los music-halls ingleses, la pantomima y, por supuesto, los clowns. Veía a los clowns no solo como comediantes, sino como filósofos que hablan a través del absurdo y la locura sobre las cosas más serias. En este sentido, él era un verdadero clown, incluso si su escenario no era el circo, sino la pantalla.
Además, la película de Chaplin «Luces de la rambla» (1952) es, en esencia, un himno a la clownada. En ella, él interpreta a un actor mayor que intenta recuperar su antigua gloria. La película está impregnada de amor por el circo, por el escenario, por aquellos que dan risa a los espectadores. Chaplin muestra a los clowns no como bufones, sino como artistas que traen luz al mundo, incluso cuando viven a la sombra.
Así que sí, Charlie Chaplin es un clown. No en el sentido profesional, sino en el existencial. Porque un verdadero clown no es el que se pone una máscara, sino el que vive en ella.
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