La explotación industrial de la Luna ya no es una fantasía y se convierte en una cuestión de las próximas décadas. El interés por el satélite terrestre hoy no se debe tanto al curiosidad científica, sino a las perspectivas económicas y la competencia geopolítica. En juego está el acceso a los recursos, la liderazgo tecnológico y la capacidad de dictar reglas en la nueva era espacial.
El principal interés hoy se centra en el Polo Sur de la Luna. Allí se han encontrado áreas con iluminación solar continua y, lo más importante, depósitos de hielo de agua. El agua no es solo agua potable para los colonos futuros. Puede descomponerse en hidrógeno y oxígeno, obteniendo combustible para cohetes y componentes para la respiración. Quien primero cree la infraestructura en estos puntos estratégicos obtendrá una ventaja decisiva.
Además del agua, otros recursos también atraen la atención. En el suelo lunar, el regolito, hay metales raros de tierras, titanio, hierro y vanadio. Pero la mayor esperanza se asocia con el isótopo de helio-3. Es extremadamente raro en la Tierra, mientras que su concentración en la Luna es mucho mayor. El helio-3 se considera un combustible prometedor para la fusión termonuclear y es demandado en la computación cuántica y la tomografía médica.
La carrera espacial por la explotación industrial de la Luna está en pleno desarrollo. La competencia se lleva a cabo entre tres fuerzas principales: Estados Unidos, China y Rusia.
La NASA está implementando la ambiciosa programa Artemis, cuyo objetivo es regresar a la Luna y crear allí una base permanente. Se planea que para el año 2032 se despliegue una infraestructura semipermanente y luego comenzará la presencia permanente de personas. La base se construirá en la región del Polo Sur. Para su construcción y abastecimiento, la NASA ya ha firmado contratos para el desarrollo de rover lunares y aparatos autónomos por un monto cercano a los cuatrocientos cuarenta millones de dólares.
El administrador de la NASA, Jared Isaacman, llamó a esta base el primer fortín de América y de la humanidad en otro cuerpo celeste.
Beijing y Moscú están desarrollando la Estación Científica Lunar Internacional como una alternativa a la programa estadounidense. China ya ha demostrado sus capacidades, entregando un rover a la cara opuesta de la Luna y devolviendo muestras de suelo. Beijing se ha fijado como objetivo enviar a sus taikonautas a la superficie para el año 2030. Rusia está conectando a este proyecto su experiencia acumulada, aunque su propia programa se ha detenido después del fracaso de la misión Luna-25.
La cuestión clave de la explotación industrial es quién trabajará en la Luna. El académico de la RAN León Verde, director científico del Instituto de Investigaciones Espaciales, cree que el éxito dependerá no tanto de quién sea el astronauta que primero pise la Luna en el siglo XXI, sino del desarrollo de la robótica.
Las condiciones lunares son extremadamente hostiles para el humano: alta radiación, polvo lunar, ausencia de campo magnético y enormes variaciones de temperatura. Los robots pueden trabajar todo el día y no requieren sistemas de apoyo vital complejos. Por lo tanto, el prioridad es la creación de sistemas automáticos universales capaces de resolver tareas prácticas en estas condiciones extremas.
El astronauta Anton Shkaplerov cree que la minería y el procesamiento de minerales serán realizados por robots, mientras que los humanos necesitarán principalmente para reparar equipo complejo. Sin embargo, no es económico transportar materia prima a la Tierra, por lo que todo el ciclo de producción debe estar organizado directamente en la Luna.
Las previsiones varían, pero la mayoría de los expertos coinciden en que la minería económicamente viable de recursos puede comenzar en los próximos veinte años. Actualmente, el número de startups relacionadas con las misiones lunares está creciendo rápidamente en todo el mundo, y las inversiones globales en el espacio.
Por ejemplo, el startup estadounidense Interglun obtuvo un subsidio de la NASA por seis millones noventa millones de dólares para la creación de un sistema de extracción de gases, incluyendo helio-3, del regolito. La compañía ya ha recibido pedidos por medio billón de dólares del Ministerio de Energía de los Estados Unidos y contratistas privados.
No obstante, no todos comparten el optimismo. El jefe de Rosnedr, Oleg Kazanov, cree que no se puede esperar una gran riqueza en yacimientos en la Luna. La historia geológica del satélite es demasiado simple para formar yacimientos grandes. El único recurso extraño es el helio-3, que aún no tiene tecnologías para la minería industrial y una gran demanda.
La cuestión clave que ralentiza las inversiones es la propiedad sobre los recursos extraídos. El Tratado del Espacio de 1967 prohíbe la nacionalización de cuerpos celestes. Sin embargo, Estados Unidos defiende que no se puede nacionalizar la Luna, pero los recursos extraídos se convierten en propiedad de quien los extraiga.
Esta posición está consagrada en los Acuerdos Artemis, a los que se han adherido ya sesenta y nueve estados. Rusia y China critican este enfoque, considerándolo contradictorio con el espíritu del Tratado del Espacio y apostando por un modelo internacional de control. Este conflicto jurídico, en esencia, es un reflejo de la lucha geopolítica por los recursos lunares.
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